lunes, 26 de agosto de 2013

Susurros nocturnos, rosas marchitas.

En el regazo de la vida, una rosa con aroma a muerte brotó. 

En ella permanecían presos los sueños de miles de almas, rogando por la libertad, llorando por el dolor de su piel atravesada por las espinas de la emergente flor.
Una flor divina, de belleza inmortal, de pétalos blancos manchados de sangre. Una flor, simple, eterna, viva.
Su polen imprime en el aire el aroma de la muerte, dulce, saciante, adictivo. La rosa se ríe de sus victimas, de los incautos que la cogen entre sus manos, y se hieren con sus espinas.

Un dibujo a carboncillo que se define como real al ritmo de la melodía de un corazón que palpita.

Pétalos que caen, de seda tejida como ambrosía de la ilusión, huelen a susurros  nocturnos y saben a lujuria de deseo contenido. Espinas traiciones, que ocultan cual matriarcas sobreprotectoras, el misterio de su existencia, la esencia de su eternidad, pues a cada segundo renacen, y a cada minuto resurgen, como fénix dorados del mundo de las flores.

Y no muere, sino que vive, eternamente joven, la rosa. Vive sin temores, bella y delicada cual agua imperturbable de manantial de agua pura. Vive hasta el día en el que su orgullo se lastima.

Y, entonces, en un instante y de puntillas, para no ser oídos,  sus pétalos mueren en agonía de sueños martirizados, de deseos descuartizados, de ilusiones secuestradas. Sus hojas, lienzo de mil escritores arden en un arrebato de vergüenza por el color marrón, marchito, que las invade. Muerte. Esta muriendo.
Sus espinas son las únicas que quedan como testigo tras la muerte de su existencia. Solo permanecen ellas, orgullosas, imbatibles, moribundas. Solo ellas, que en vida protegieron al tesoro que guardaban, y ahora, mientras agonizan, lo recuerdan con anhelo, con deseo

Vida eterna para las rosas, que esconden lujuria entre sus pétalos.
Vida eterna para las rosas, que relatan historias de sexo y placer en sus hojas.
Vida eterna para las rosas, diosas de la belleza entre las flores. Vida y muerte para ellas.

No hay rosa única.
No hay belleza eterna.
No hay nada.
Solo sangre. Solo sexo.
Solo vida.

Y luego muerte.


Una rosa, segunda semilla de una vida.


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